Pongo aquí el artículo que publiqué hoy en El Universal, dentro de la columna La Primera Dama, espacio semanal a cargo del colectivo formado por Adriana González Mateos, Vizania Amezcua, Saúl Gutiérrez y yo. Mis colaboraciones aparecen cada quince días. Léanla.
GRACIAS POR EL HORROR
La irrupción apoteósica del “Poeta Caníbal” en la escena mexicana no nos ha quitado el hambre. Es un tema habitual de sobremesa. Algunos nos preguntamos ya en el postre si la imaginería febril que ha desatado no terminará por instalar una cierta “estetitización del mal”. Más aún, ya en la copa, nos llega la duda de si ese delirio no ha estado siempre aquí.
Siempre hubo caníbales en México. ¿Podía ser de otra manera? La combinación de hambre ancestral más pasión gastronómica más debilidad por la mitopoiesis nos puso a una tarascada de comernos al prójimo. El más joven de nuestros cronistas, el novedoso Bernal Díaz del Castillo, hace reiteradas alusiones a ese deliquio, y a uno más, el pecado nefando, la sodomía, que fueron ambos la marca de la bestia americana, del “otro” bárbaro al que había que redimir. En ese binomio justamente -sangre y sexualidad prohibida- se fincó la leyenda del semanario Alarma!, una publicación que habrá que desentrañar con menos prejuicios para entender el “alma nacional”.
William S. Bourroughs, que llamó a la ciudad de México, “la capital universal del crimen”, especuló que entre nosotros, “el asesinato es la manía nacional”. Acto seguido, inspirado por el ambiente quizá, le pegó un tiro a su mujer. Esa pasión por la sangre, ese frenesí que nos lleva de la fiesta a la tragedia, de la celebración al luto, ha horrorizado –y a veces fascinado- a los extraños. Katherine Anne Porter fue sensible a la “casi extática expectación de la muerte que se halla en el aire de México”. Y describió así tal sensación lúgubre: “los extranjeros sienten el ácido de la muerte en sus huesos ya sea que un peligro verdadero esté o no cerca de ellos”.
Esa adormecida pasión se ha renovado en pocos meses con extraña virulencia y también –por qué no decirlo- con tramas argumentales que merecen una mejor literatura. Habría que renovar la vieja paradoja de que en México Kafka sería un escritor costumbrista. En realidad, creo, Kafka habría sido un periodista de nota roja. La Mataviejitas, El Caníbal del Caribe, el aluvión de cabezas decapitadas como monstruoso teatro de marionetas, y ahora El Poeta Caníbal han puesto al día el tremendismo en el gusto popular. El público está poseído por un regocijo mal disimulado, por una obsesión enfermiza por los detalles, por su debilidad recurrente por las tramas lacrimosas, las relaciones extrañas, la moraleja que se demora ante la incapacidad policiaca.
Ahora todos seremos el Poeta Caníbal. A una sociedad adormecida por la violencia brutal, la televisión y su cultura imbécil, la pésima educación, la injusticia como dios de piedra, sólo puede conmoverla, estimularla, erotizarla, cierta “violencia estética”. El banquete del caníbal está servido. Este festín, señores, apenas comienza.
sábado, 27 de octubre de 2007
sábado, 20 de octubre de 2007
viernes, 19 de octubre de 2007
LA VERDADERA REINA DE LA NOCHE
¡El lujo vicioso, lento, vampírico de la voz -fuego helado- de la única e inimitable (y olvidada) Elvira Ríos!
LA NUEVA POESIA CANIBALISTA
¡Cosas extraordianrias pasan en este país! Por primera vez un poema es una prueba pericial. Un poema y los fragmentos de una novela inconclusa (y acaso nunca iniciada) están en la imaginación de todos los mexicanos. En el súper, en el metro, en la pesera, la gente repite una frase enigmática: “Algún día todos seguiremos al Caminante”. El Caminante, me explican, es Aníbal Lecter, el artista gourmet de El silencio de los inocentes. Esa frase ha sido citada de memoria más veces que cualquier otra. Más veces que aquella: “Vine a Comala, a buscar a mi padre, un tal Pedro Páramo”. O bien: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis…”
El poema de José Calvo Cepeda fue guardado en una bolsa hermética, con una solicitud que no ha recibido –por parte del Estado- ninguna obra literaria. Daniela Tarazona me refirió el prodigio todavía deslumbrada.¡ Un poema en una bolsa bajo la mirada intensa de los peritos! “Ahora todos seremos sospechosos”, me dijo, a su vez, el más guapo de los poetas mexicanos (cuyo nombre omito, para que cualquiera se atribuya la frase). Pero yo digo que no está mal. Por fin, ser poeta tiene un encanto perturbador. Antes uno se lo callaba para no abochornar a sus seres queridos. Ahora, en cambio, cuando conozco algún muchacho, es lo primero que le informo. El mancebo sin falla pone ojos arrobados. Quizá se adelanta e imagina su cuerpo sobre mi cama decorado como para una película de Greenaway. Y yo, degustando uno a uno sus miembros, mientras le leo fragmentos selectos de El manantial Latente.
Ya, desde ahora mismo, declaro el nacimiento del movimiento canibalista dentro de la poesía mexicana, cuya primera misión será sembrar de horror delectable al lector, de cimbrarlo bajo la promesa callada de una muerte estética y de anunciar las bodas de la literatura y la gastronomía.
Se me dirá que los poetas siempre han sido caníbales feroces. Sí, de unos con los otros; pero de lo que se trata ahora es de llevar esa ferocidad y ese arte al Pueblo. Los mexicanos tenemos una larga tradición de canibalismo. Nuestra poesía melancólica, por otra parte, es uno de los mejores frutos de la lengua. Ha llegado el momento de la Gran Síntesis Cultural.
El poema en una bolsa de nylon es una bomba de tiempo. Y en verdad, en verdad os digo: “Algún día todos seguiremos al Caminante”.
El poema de José Calvo Cepeda fue guardado en una bolsa hermética, con una solicitud que no ha recibido –por parte del Estado- ninguna obra literaria. Daniela Tarazona me refirió el prodigio todavía deslumbrada.¡ Un poema en una bolsa bajo la mirada intensa de los peritos! “Ahora todos seremos sospechosos”, me dijo, a su vez, el más guapo de los poetas mexicanos (cuyo nombre omito, para que cualquiera se atribuya la frase). Pero yo digo que no está mal. Por fin, ser poeta tiene un encanto perturbador. Antes uno se lo callaba para no abochornar a sus seres queridos. Ahora, en cambio, cuando conozco algún muchacho, es lo primero que le informo. El mancebo sin falla pone ojos arrobados. Quizá se adelanta e imagina su cuerpo sobre mi cama decorado como para una película de Greenaway. Y yo, degustando uno a uno sus miembros, mientras le leo fragmentos selectos de El manantial Latente.
Ya, desde ahora mismo, declaro el nacimiento del movimiento canibalista dentro de la poesía mexicana, cuya primera misión será sembrar de horror delectable al lector, de cimbrarlo bajo la promesa callada de una muerte estética y de anunciar las bodas de la literatura y la gastronomía.
Se me dirá que los poetas siempre han sido caníbales feroces. Sí, de unos con los otros; pero de lo que se trata ahora es de llevar esa ferocidad y ese arte al Pueblo. Los mexicanos tenemos una larga tradición de canibalismo. Nuestra poesía melancólica, por otra parte, es uno de los mejores frutos de la lengua. Ha llegado el momento de la Gran Síntesis Cultural.
El poema en una bolsa de nylon es una bomba de tiempo. Y en verdad, en verdad os digo: “Algún día todos seguiremos al Caminante”.
lunes, 15 de octubre de 2007
EL POETA CANIBAL
Anoche, de pronto –es verdad que me puse muy mal de pensarlo siquiera- sentí una envidia bestial del poeta caníbal. Los flashazos –claro-, la fama súbita –claro-, la inmortalidad (la roja inmortalidad) –por supuesto. Pero había algo más, algo más…
Toda la noche mi corazón creció y decreció de imaginarlo. Se me reventaba el pecho, como si el recuerdo fuera mío, de ver en las fotos al poeta caníbal abrazado de su novia (esa buena muchacha comestible) y los ojos se me llenaron de luces de sirenas, de madres mesándose los cabellos y de vecinas que caían en éxtasis. El poeta caníbal yacía en el suelo con la frente rota y un policía criptocristiano lo ayudaba a levantarse. En la sección de policiales me topé con su mirada. Es verdad que el poeta caníbal tenía hábitos vulgares y que no era un cocinero refinado. Dicen que ni siquiera era un buen poeta (era un poeta resentido, que es el peor bicho). Pero al parecer no se le conocen ni buenos ni malos ni pésimos poemas. No se le puede encontrar en Las elecciones afectivas ni en las antologías de Bravo Varela. María Rivera nunca había oído hablar de él. Pero a pesar de ello, los medios todos los coronaron así: como el poeta caníbal –en lo cual algunos vieron una especie de pleonasmo.
Hubo un tiempo –si se me permite el achaque de rememorar- en que mi sueño era llegar a ser un poeta caníbal. Para lograrlo, dejé atrás a la familia, luché contra mi provincianismo, mamé la teta de las calles y me ejercité en cierto tipo de cacería nocturna. No había entonces odio en mí; eso es costumbre reciente. Una nerviosa ingenuidad atizaba mis jornadas. Las noches caníbales son azules, perfectamente azules, de bordes amoratados. Los poetas caníbales tienen narices de perro y ojos que se adelantan en la oscuridad, ojos expertos en escudriñar y en buscar entre la basura. Cuando había caza, arrastraba a mis presas a cuartitos de hotel con la ilusión de romperles el cuello. Mis víctimas: muchachos obreros, albañiles, putitos del rubor helado, macharranes del pavor. Se me morían apretándome el lomo, arañándome las caderas. Se me morían para revivir apresuradamente y luego irse.
Así fue la cosa en mis afanes de poeta caníbal: se me iban las presas. Perfectos, vivísimos cadáveres que se me iban de las manos. ¡Cuántos conté! Puedo dar fe, sin embargo, de que dicen verdad los antropófagos que han dejado testimonio: la carne humana tiene sabor de lodo, tufillo de puerco, un aroma celeste y un regusto amargo.
Anoche abrí el refrigerador y me decepcionó otra vez su luz funeral y su escasa despensa. Nada de cadáveres ni miembros palpitantes, como en los refrigeradores –ahora famosos- de Jeffrey Dahmer y José Calvo Zepeda. Nada de nada. ¿Rebanarle un bistec a la nalga de un desconocido, guardarlo en la hielera y luego llorarlo toda la vida? No, por favor. Tengo un estómago remilgoso y he olvidado puntualmente cuanta cosa me he llevado hasta las bocas del cuerpo. No se puede ser poeta así, qué le vamos a hacer. No, así no se puede, y menos se puede llegar a ser un poeta caníbal.
Toda la noche mi corazón creció y decreció de imaginarlo. Se me reventaba el pecho, como si el recuerdo fuera mío, de ver en las fotos al poeta caníbal abrazado de su novia (esa buena muchacha comestible) y los ojos se me llenaron de luces de sirenas, de madres mesándose los cabellos y de vecinas que caían en éxtasis. El poeta caníbal yacía en el suelo con la frente rota y un policía criptocristiano lo ayudaba a levantarse. En la sección de policiales me topé con su mirada. Es verdad que el poeta caníbal tenía hábitos vulgares y que no era un cocinero refinado. Dicen que ni siquiera era un buen poeta (era un poeta resentido, que es el peor bicho). Pero al parecer no se le conocen ni buenos ni malos ni pésimos poemas. No se le puede encontrar en Las elecciones afectivas ni en las antologías de Bravo Varela. María Rivera nunca había oído hablar de él. Pero a pesar de ello, los medios todos los coronaron así: como el poeta caníbal –en lo cual algunos vieron una especie de pleonasmo.
Hubo un tiempo –si se me permite el achaque de rememorar- en que mi sueño era llegar a ser un poeta caníbal. Para lograrlo, dejé atrás a la familia, luché contra mi provincianismo, mamé la teta de las calles y me ejercité en cierto tipo de cacería nocturna. No había entonces odio en mí; eso es costumbre reciente. Una nerviosa ingenuidad atizaba mis jornadas. Las noches caníbales son azules, perfectamente azules, de bordes amoratados. Los poetas caníbales tienen narices de perro y ojos que se adelantan en la oscuridad, ojos expertos en escudriñar y en buscar entre la basura. Cuando había caza, arrastraba a mis presas a cuartitos de hotel con la ilusión de romperles el cuello. Mis víctimas: muchachos obreros, albañiles, putitos del rubor helado, macharranes del pavor. Se me morían apretándome el lomo, arañándome las caderas. Se me morían para revivir apresuradamente y luego irse.
Así fue la cosa en mis afanes de poeta caníbal: se me iban las presas. Perfectos, vivísimos cadáveres que se me iban de las manos. ¡Cuántos conté! Puedo dar fe, sin embargo, de que dicen verdad los antropófagos que han dejado testimonio: la carne humana tiene sabor de lodo, tufillo de puerco, un aroma celeste y un regusto amargo.
Anoche abrí el refrigerador y me decepcionó otra vez su luz funeral y su escasa despensa. Nada de cadáveres ni miembros palpitantes, como en los refrigeradores –ahora famosos- de Jeffrey Dahmer y José Calvo Zepeda. Nada de nada. ¿Rebanarle un bistec a la nalga de un desconocido, guardarlo en la hielera y luego llorarlo toda la vida? No, por favor. Tengo un estómago remilgoso y he olvidado puntualmente cuanta cosa me he llevado hasta las bocas del cuerpo. No se puede ser poeta así, qué le vamos a hacer. No, así no se puede, y menos se puede llegar a ser un poeta caníbal.
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